Retribución, un circulo de amor y gratitud

17 Feb 2018

"Me encantaba andar a su sombra, especialmente por las mañanas, muy temprano, cuando los gallos cantaban y la bruma fresca se levantaba con los primeros albores. Ella me contaba tantas cosas, secretos de la naturaleza, decía, como poner los huevos recién sacados del gallinero sobre los ojos para la buena vista o dejar al "sereno" las aguas de la lluvia para beber y sanar los males del estómago, o colgar un ramito de albahaca a modo de adorno sobre el pelo para el aroma y el dolor de cabeza.

 

Me preparaba ese delicioso pancito en rescoldo y me enseñaba mientras me contaba sus historias, a enrollar las lanas, a tejer, bordar, coser, cuidar de las plantas y animales que criaba, sacar la leche fresquita y luego a hacer el queso o la mantequilla y ese dulce maravilloso que revolvía por horas en la cocina a leña con ese toque inolvidable de cascaritas de naranjas y canela.

Tenía su propio modo de hablar, palabras ya casi olvidadas que fui aprendiendo y que ya hoy son parte de un lenguaje obsoleto y anticuado. ¿Pero anticuada ella? ¡No señor! Si fue la primera en toda la zona en tener un televisor, de esos con una gran caja y mueble incluidos, la primera radio con casetera y selección AM y FM, la que pese a sus raíces profundamente ligadas a la tierra, se atrevía a manejar una moderna máquina para moler y dejar el "chancado" para ocasiones especiales... Yo la miraba por las noches cuando soltaba su larga trenza gris que de día llevaba recogida en la nuca y dejaba su delantal para dar paso al camisón de dormir con tan bellos bordados y sus ramitos de lavanda; cómo no dejar de admirar esa estampa magnífica algo marchita de tanta siembra y adobes, de tanta prole crecida y sus nietos y bisnietos y tataranietos que continuamente llenábamos su casa con nuestras cosas extrañas del fin de siglo. 

 A veces me sorprendo hablándole a su recuerdo, contándole las novedades que no alcanzó a conocer, todos estos artilugios tecnológicos qué tal vez habría rechazado, de puro orgullo, por no reconocer que se le habría hecho difícil de manejar de buenas a primera, o quizás no, ¡quién sabe! ¿Nos hubiésemos comunicado por chat o por mensaje o mail? Y claro, habría tenido que explicarle la diferencia entre uno y otro, y dedicarme un tiempo juntas a que perdiera el temor de estropear algo, que las cosas no explotan si aprietas mal un botón o que no pasa nada si te equivocas, que como ella decía, echando a perder se aprende. Sí, probablemente hubiera sido arduo eso de subir o bajar información, habría tenido que contarle que es como que el alma se va al cielo y luego vuelve de muchas formas o lugares o tiempos, mmm... sí difícil, me habría dado un sermón de aquellos por decir tonterías, pero me entendería la alegoría, creo. Pero lo de los celulares... ¡uy! Desafió nivel experto, primero para convencerla de llevar un aparato de estos a cuestas, segundo, intentar que pudiera hacer o recibir un llamado, quizás hubiese optado por el método de hacer sonar una y otra vez el teléfono móvil escondida en algún lugar de la casa, hasta que lo contestara, por último para hacerlo callar, jajaja, así lo hice con mi madre cuando le regalé el primero. Aunque el tema internet en el teléfono hubiese sido complicado al extremo, más que nada por su vista algo corta a sus casi noventa años; aún así hubiese valido la pena intentarlo, sólo para poder compartir chistes y fotos graciosas o mostrarle las travesuras de mis hijos, sus nietos, los que no alcanzó a conocer. 

En realidad a penas pude disfrutarla, la extraño muchas veces, especialmente cuando logro terminar algún nuevo tejido o cuando cocino con sus sabores favoritos, cuando miro algunos álbumes de fotos impresas, de los que poco se ven hoy en día, porque todo está en la nube o un pequeño dispositivo que carga años de momentos e historia y la veo con su bastón y su sonrisa llana junto a mi abuelo sentado en su sillón de siempre. Sí, cuánto la extraño y yo era tan niña, pero fue tanto lo que me entregó en ese corto tiempo que si aún estuviera, lo intentaría todo por tratar de que viviera estos tiempos a la par, como era ella, sin quedar atrás.

Si estás leyendo hasta aquí, amiga, amigo, y aún tienes a tus abuelos o tus padres mayores o un ser querido en esa bella edad de oro, por un mundo más grande, por una sociedad con mayor inclusión, porque ellos tienen mucho más que seguir entregando pero no se atreven porque tal vez nadie les ha dado ese empujoncito de arranque a la modernidad, porque te dirán que están viejos pero en realidad les avergüenza equivocarse, porque su experiencia vale más que todos nuestros títulos y medallas, porque lo merecen, porque los necesitamos, pero también somos orgullosos y necios y no vemos cuánto hemos perdido, ni cuánto de lo nuestro es fruto de sus esfuerzos y todo es gracias a ellos, por favor, enséñales como cuando eras niño, jugando, con paciencia, una y otra vez, tropiezo tras tropiezo, como cuando aprendiste a caminar o leer o sumar y restar. ¿Es mucho pedir? Les aseguro que detrás de esas canas y ese sinfín de achaques, hay un niño ansioso por descubrir y seguir más allá. 

Que nuestros adultos mayores lleguen plenos y felices a la cuarta y quinta o sexta edad, depende también de nosotros, que también caminamos sus mismos pasos y una misma senda de amor y necesaria gratitud. Retribución, sólo eso, retribución" 

 

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Gracias de corazón y mil cariños.

Tags: artículo, artesanía, motivación, tejer, crear

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