Familia de una Tejedora · El amor después el amor

26 Jul 2018

Soy ochentera. Sin duda alguna pertenezco a esa época linda de romántica rebeldía, donde escuchar música en el personal estéreo a decibeles increíbles, usar chasquilla tipo cascada y hombreras al estilo rugbista era la onda, o bakán como diría un joven de hoy. 

 

Pero también se estilaba en aquellos tiempos la enseñanza y el cariño por lo hecho a mano y en casa, en las escuelas era común las clases de tejido, bordado o costura y el uso de ropa hecho por la mamá o la abuelita era algo intrínseco a esa generación y por supuesto, a las anteriores.

 

Desde el momento de nacer, las prendas interiores del bebé eran de algodón y el resto todo de lana, gorro, pantalones, vestidos, chamarras, botines, manta y por supuesto el ajuar de la cuna, tejidos por diestras manos, hábiles en el arte de los puntos a dos agujas, telares o crochet, con colores bastante básicos, que aunque fuesen los mismos típicos blanco, rosado, celeste o amarillo, no dejaban de sorprender con la creatividad de cada tejedora-madrina dedicada a la honorable misión de confeccionar las primeras ropitas del recién nacido. 

 

Los ochentas fueron años muy especiales, de transición en muchos sentidos, que marcaron un hito de alguna u otra manera para toda una generación, y en gran medida para muchas y muchos artesanos, tejedores y creativos artistas manualistas que vivieron desde la infancia la cercanía con las cosas hechas en casa o mejor aún, tuvieron la fortuna de aprender y heredar desde el hogar o las aulas el talento de crear. 

 

Tejedoras y tejedores, de todas las edades y círculos sociales, pero en su mayoría pertenecientes a esa época, hoy ya con sus propias familias, con o sin hijos, con o sin pareja, con o sin mascotas, en algún momento han debido enfrentar la disyuntiva de la convivencia "convencional" versus tejer/crear.

 

Es conocido por cada tejedor, artesano, lo que significa lidiar con los tiempos laborales, familiares, sociales o de pareja para encontrar el espacio adecuado y esos momentos preciosos que muchas veces terminan siendo largas jornadas de trasnoches o dejar de lado  actividades que para otros serían irrenunciables... Sin contar a quienes además tienen hijos pequeños, trabajo fuera de casa y todo lo que ello implica, si se quiere tejer y crear como hobbie, emprendimiento o pasión. 

 

¿Pero qué sucede con la otra cara de la moneda? ¿Qué pasa con nuestros grandes y pequeños compañeros de vida? ¿Cómo enfrentan compartir el amor de madre o padre, hija o hijo, esposa o esposo, amiga, o amo (en el caso de las mascotas) con un adversario tan sublime? Difícil.

 

Cuando los niños nacen y crecen en un círculo familiar en donde la artesanía es parte de la vida, cuando una pareja conoce a su compañera o compañero siendo ya artesano, cuando los amigos también comparten ese cariño o también son tejedores, no hay mayor inconveniente, todo resulta muy natural y no existe incomprensión respecto a esa íntima relación con las materias primas y el arte de crear. 

 

Y aquí es donde haber vivido en la era ochentera toma un papel crucial. 

Toda esa generación "perdida" que es la base social de nuestros días, está encadenada a ciertos códigos que como hilos invisibles, marcan este modo de afrontar cosas; por una parte con la base de los valores antiguos y por otro lado con toda fuerza de la nueva era, rompedora de esquemas, innovadora, altruista, idealista, con el peso de lo que significa ser pioneros. 

 

 

Sé que en esta parte de la lectura algunas personas podrán sentirse identificadas y es precisamente el porqué este último tiempo, el arte de tejer en especial, se ha vuelto una actividad cada vez más recurrente, en muchos casos incluso como terapia. 

 

Cuando se comienza a aprender ya siendo mayor, o se retoma el tejido una vez que ya se ha "hecho la vida" eso quiere decir, ya estudiaste, o tienes tu familia, o trabajo o una rutina establecida, y empieza este coqueteo con sabor a querer más, de adquirir más técnicas, más materiales, más lanas, más crochet, palillos, telares, vellones, y toda la artillería de herramientas afines, para nuestro entorno resulta algo complejo de entender y aceptar.

 

Maridos, hijos, familia en general que de un día a otro ven convertido el comedor en improvisado taller, lanas y otros repartidos por todos lados, conversaciones interrumpidas por el conteo de puntos, recortes de presupuesto para comprar más material y de pronto sin darse cuenta, una habitación se convierte en lugar fijo de artesanía y un armario deja de ser el lugar de la ropa o los escondites de ovillos lisa y llanamente, sin pudor, se instalan en cajas y cajas de precioso oro lanudo.

 

Sí, el impacto para esa casa es todo un acontecimiento, "perdimos a mi mamá" he escuchado alguna vez "ya no cocina como antes" "se le olvida la ropa en la lavadora" y bueno, sé que muchas y muchos entienden a qué me refiero. ¿Pero qué pasó? ¿Acaso esa dueña de casa, esposa, amiga, madre, enloqueció?

 

No. Pasó que entendió que después de muchos años de entregarse por entero a los demás, después de lidiar entre sus principios muchas veces contradictorios adquiridos en esa época de transición ochentera, hoy al fin comienza a valorar el amor propio, el gusto por hacer y crear, para sí misma, para regalar, para vender o sólo por el simple placer de hacer con las manos algo que va más allá de la belleza visual o utilidad aparente, porque esa creación lleva un sello único de conexión con su ser. 

 

-Más música en el aire... "El amor después del amor... Nadie puede vivir, vivir sin amor..."

 

Pero hay un gran grupo de amigas y amigos que están solos, por distintos motivos, algunos porque ya criaron a sus hijos, otros porque dedicaron su vida a otras causas, jubilados, solteros, separados o viudos etc. pero todos ellos que han iniciado este bello camino de tejer y crear, como terapia o actividad social, o por otras razones, sin siquiera notarlo muchas veces, inconscientemente lo han hecho por amor. Sí, amor a sí mismos, pero de ese amor que va ligado a los recuerdos más profundos, a la concentración y abstracción, a la meditación, al pensamiento y al infinito amor que todos recibimos en esa época temprana de primeras caricias cuando fuimos bebés, la memoria táctil de las texturas que nos rodeaban, casi todas ellas hechas de lana, memoria de una época en que hasta los primeros juguetes y muñecos eran tejidos, el abrigo y cobijo de chales y mantas, asociados en un rinconcito del pasado al amor puro e incondicional.

 

Así que no es casual que de pronto alguien que conoces o tú mismo y está solo o sola, haya elegido tejer como pasión, haya escogido entre tantas actividades este arte que es mucho más que entrelazar fibras, porque realmente es parte de nuestra propia fibra.

 

Tal vez fuiste parte de una era anterior, o de poco después, por lo que todo esto te parezca algo muy cercano, pero si eres más joven quizás te hagan sentido estas líneas cuando veas a tu alrededor a alguien que se enamoró de las lanas, porque va más allá del simple acto de crear, es volver a creer.

 

Con cariño, dedicado a mis alumnas que generosamente compartieron conmigo sus vivencias sentimientos y emociones, y encontraron en el tejido, "El amor después del amor". 

 

Tags: artículo, artesanía, motivación, tejer, crear

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